Ps. Roxana Aguilar Velarde
La participación ciudadana es la herramienta principal para que las personas se sientan valoradas, a la vez responsables de su propio destino y co responsables del destino de su grupo o comunidad. Para la participación ciudadana habemos de formarnos y ello implica algunos aprendizajes, principalmente para la convivencia y a convivir se aprende en la familia.
Si, la familia es el primer espacio de formación, es la primera oportunidad de relación y en ella aprendemos el respeto por uno mismo y por el otro, aprendemos que somos diferentes y que necesitamos acuerdos para convivir. El ejercicio de convivencia diaria familiar y sus matices, orientan la participación social futura donde se aspira a que los ciudadanos debamos ser responsable al actuar en las diferentes instancias de participación, que ejerzamos nuestros derechos y asumamos nuestras obligaciones, que contribuyamos a crear condiciones para que prevalezcan relaciones de respeto, cooperación y cuidado del bien común.
Podemos preguntarnos, ¿Quien nos enseñó que los demás existen? O talvez que no existen?, que los demás son como uno o talvez que no lo son?. En que circunstancias aprendimos a decir y a escucharnos….o no?. Donde aprendimos que debemos cuidar lo que es nuestro….y también aquello que compartimos con los demás? Cual seria la ocasión y el escenario que nos demostró que juntos lográbamos lo que queríamos? Las respuestas nos remiten en la mayoría de los casos a dos espacios, el aprendizaje en casa y el ejercicio de ello en la escuela.
Dos preocupaciones me surgen entonces, las familias ofrecen cada vez menos espacios de convivencia y la escuela tiende a una orientación informativa, académica, mayor que la formación de la persona. Ambas situaciones provocan aprendizajes ambiguos, escasos, incluso distorsionados acerca de la convivencia en los niños y jóvenes. No llama la atención en este escenario la conducta violenta, la falta de valores, la ausencia del respeto entre otros. La convivencia esta relacionada a la violencia, a falta de convivencia mayor violencia, esto favorece la agresión a los niños y mujeres, la trasgresión de las leyes, y la utilización de la fuerza para resolver conflictos.
Si logramos educar para la convivencia a los niños, primero bajo el amparo, guía y protección de su familia y luego de la escuela, vamos a desarrollar su autonomía e identidad, con ello, su capacidad para respetarse y aceptarse, para llegar a acuerdos, para resolver diferencias, cooperar y ser solidarios, mas aún, para interactuar en lugares de uso y disfrute colectivo, cuidado del bien común y por ultimo para impulsar desarrollo que beneficie a su grupo, comunidad, región y país. En ese orden van las cosas.
(El lunes 21, publicaremos la segunda parte).